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Artículo publicado en la revista de Libros

del diario El Mercurio.

Sábado 16 de Marzo de 2002 de la e.·. v.·.

Nagib Mahfuz.

Premio Nobel de Literatura 1988

Autor de libros como: El callejón de los milagros.
Santiago de Chile, Sábado 16 de Marzo de 2002

La gloriosa fragilidad del ser

Luis Sepúlveda

Volaba de noche sobre El Cairo, y el panorama de millones de luces amarillas sugerían un espejismo que muy bien podía llamarse El Dorado, pero yo sabía que todo aquello era real, y que una inmensa ciudad de más de dieciocho millones de habitantes se extendía como una alfombra mágica, porque en Egipto lo real y lo mágico se confunden. En algún lugar, allá abajo, estaba Jan Aljalili, el barrio de mercaderes, fragante a especias, esplendoroso de artesanías, y melancólico de charlas repetidas una y otra vez con el mismo extraño dinamismo con que se repite la existencia. Así me había presentado Naguib Mahfuz a ese barrio-bazar en su formidable novela titulada Jan Aljalili, porque en Egipto la vida y la literatura se mezclan, se trasvasijan mediante los finos filigranas de la oralidad.

En Egipto, una visita a las pirámides es obligatoria, y sería necio no hacerla, pero un lugar que yo ansiaba conocer era Jan Aljalili, porque fue justamente la lectura de la novela de Mahfuz la que me enseñó que perder era una cuestión de método, que las renuncias a la felicidad, por mucho que se vistan de gloria, a fin de cuentas pasan una amarga factura. Otro lugar era Alejandría, y no tanto por su pasado mítico, como su biblioteca, sino porque ahí vivió Kavafis, y porque sus calles y su mar me eran familiares a fuerza de ser contadas por dos escritores que admiro: Álvaro Mutis en varias aventuras de Maqroll El Gaviero, y Naguib Mahfuz en otra soberbia novela titulada Miramar. Y desde luego que quería conocer al gran escritor egipcio, pero sabía que, dada su avanzada edad y a las medidas de seguridad tomadas con toda razón para protegerlo - no se debe olvidar que unos fanáticos intentaron asesinarlo- , tal deseo era poco menos que imposible de satisfacer.

Tengo algunos libros traducidos al árabe, ignoraba si Mahfuz conocía la existencia de este escritor chileno, pero los buenos oficios de don Samuel Fernández, hombre de gran sensibilidad, embajador de Chile en Egipto, y de Antonio Gil, director del Instituto Cervantes, hicieron posible el encuentro.

- Naguib Mahfuz quiere saludarte - me informaron.

- No. Soy yo el que desea saludar al maestro - alegué.

El encuentro tuvo lugar en la cafetería de un hotel cairota. Lo vi entrar, ayudado por un poeta cuyo nombre no sé escribir y que hace de secretario. Al verlo, lo primero que pensé fue que su fragilidad lo hermanaba a los recuerdos, porque ese venerable anciano es el portador de la memoria de un siglo, que para Egipto ha sido cruel, tanto, que la esperanza se asemeja a las flores de los oasis que, sin embargo de no renunciar a su belleza imprescindible, son consideradas estorbos para el pastizal.

En el ascensor sentí su mano sobre la mía. Soy un hombre fuerte, pero aquella mano extremadamente delgada, casi etérea, me traspasó un extraño calor de arena, y la convicción de que su fragilidad era la metáfora del despojo.

No era fácil hablar con él; pese al audífono, su sordera es manifiesta, pero el poeta ayudante le traducía a gritos, y Naguib Mahfuz asentía con curiosidad creciente. De pronto suspiró y dijo "Chile". Le miré a los ojos y con tristeza pensé que mi país es tan grande para un nombre tan breve. Tal vez captó mis pensamientos, porque a continuación repitió "Chile", pero prolongando la "i", de tal manera que lo dijo desde Atacama hasta el Cabo de Hornos, y luego hizo un amoroso recuerdo de Neruda: "sois afortunados de tener a un poeta premio Nobel", comentó, y me permití corregirle que eran dos. "Gabriela Mistral", murmuró, y confío en que al pronunciar su nombre lo haya invadido la misma serenidad que a mí me inunda cada vez que digo el nombre de nuestra gran Mujer Poeta.

Su sordera hacía difícil el diálogo, hasta que mi conducta de fumador me llevó a preguntarle si le molestaba que fumase. Entonces Naguib Mahfuz alejó al ayudante que le gritaba en la oreja, sacó su atado de pitillos, encendió uno y aspiró con el mismo, o superior deleite de sus personajes. Entre nubes de humo manifestó su interés por los escritores chilenos, y no consultó "¿sobre qué escriben?", sino "¿qué cuentan?", porque ese anciano magistral, de noventa y tres años, autor de más de setenta novelas, premio Nobel de Literatura, sabe que escribir es esencialmente contar una historia.

Le respondí que los escritores chilenos y latinoamericanos contábamos nuestros países, nuestras gentes, que también teníamos un terrible desierto, y que un hombre, Hernán Rivera Letelier, se había propuesto contarlo para rescatar del olvido la odisea de su gente. Más tarde, vi la emoción en sus ojos al referirle que, en la década de los sesenta, un poeta chileno, Mahfud Massis, nos había traducido Miramar desde las páginas de un periódico árabe en donde publicaba esa novela por entregas.

Fue un diálogo, a decir verdad, de pocas palabras, pero de grandes emociones que, como se sabe, suelen reemplazar eficazmente al discurso.

Pocos minutos antes de abordar el avión de regreso a España, una llamada telefónica me anunció que mi nieto Daniel acababa de nacer en Gotemburgo, y me sentí dichoso, porque muy pronto lo tendré en mis rodillas y le diré: una vez, porque siempre hay una vez, fui a Egipto y conocí a un hombre viejo, a un hombre bueno y noble, que tomó mi mano y me entregó el extraño calor de la arena y del desierto.

Primer y único Premio Nobel de Literatura del Mundo Arabe.

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    31.03.2002