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"Historia inmigración palestina".

Artículo aparecido en el suplemento Artes y Letras de El Mercurio.
Domingo 14 de Abril de 2002 de la e.·. v.·.
Inmigración Palestina a Chile.
en la plaza de la Constitución.
Los palestinos y su descendencia sumarían 300 mil personas. La colonia más grande fuera del mundo árabe.

HISTORIA INMIGRACIÓN PALESTINA:
De turcos sólo el pasaporte

Óscar Contardo

ÓSCAR CONTARDO

Dicen que en Beit Yala no se pueden decir chilenismos con la tranquilidad que da el anonimato de estar en el extranjero. También dicen que los nombres de pila en castellano se multiplicaron durante el siglo que se acabó, y que el fenómeno onomástico no se debe a algún súbito influjo hispanista. Tampoco se debe a los culebrones de Televisa. El misterio está más lejos aún.

En Beit Yala, tanto como en Bet Sahur o en Belén, se sabe más de Chile de lo que cualquien santiaguino común sabe de Medio Oriente. Porque todos allí tienen familia acá, a 20 mil kilómetros de distancia. Primos lejanos, tíos en quinto grado, sobrinos y sobrinas de ultramar que cada vez que se dejan caer convulsionan la vida de sus parientes, más acostumbrados a los disparos y a los uniformes militares que a las visitas sorpresa. Todos forman una gran familia extendida que incluye a los palestinos-chilenos, aquéllos descendientes de los miles de Aziz, Jalil y Hannah que cambiaron las túnicas por el traje "a la europea" y se embarcaron rumbo a América desde 1860.

En la misma época en que 50 millones de almas escapaban de Europa al nuevo continente, y los países de este lado del Atlántico instalaban sus agencias de inmigración en Alemania y Francia, los palestinos se sumaban al gran desplazamiento humano. Se venían por las suyas. Nadie los invitaba, nadie los recibía. Hoy en Chile los descendientes de esa generación suman alrededor de 300 mil. No existe una cifra exacta, pero sí un récord que todos repiten: es la comunidad palestina más grande fuera del mundo árabe. A eso se debe que los obituarios del último tiempo de "El Mercurio" se repleten de nombres orientales. Son las víctimas de la incursión israelí a Beit Yala, Bet Sahur y Belén, con tantos deudos allá como en La Calera, Santiago o Curicó. La repercusión más triste de una inmigración que se encontró con dificultades que pocos quieren recordar, y que en menos de tres décadas pasó de los conventillos, la venta ambulante y la discriminación a la plena integración, y en más de algún caso, a las grandes fortunas.

Todo por el pasaporte

El escritor Walter Garib tiene enmarcado el pasaporte turco de su suegro. Un gran papel repleto de caracteres orientales que seguramente ningún funcionario nacional de aduanas podía descifrar. Con ese documento llegaban muchos palestinos (muchos otros sin documento alguno), y a él le deben el mote de turco que los árabes conservan hasta hoy, y que soportan con mayor o menor sentido del humor. El costo de pertenecer a un pueblo que pasaba de dominación en dominación. De los persas a los macedonios; de allí a los romanos que a su declive le dejan el paso a los turcos seleucidas, que son seguidos por los cruzados, mamelucos y turcos otomanos, que en plena decadencia le cede, el paso a Inglaterra, que a su vez los abandona a su suerte hasta el día de hoy en que sobreviven entre tanques y bombazos. El ambiente no era mucho más auspicioso hace un siglo y medio, cuando los primeros palestinos cristianos deciden marcharse de Beit Yala. Eran minoría dentro de un mundo musulmán. Una minoría en cierta forma privilegiada. "Si bien las condiciones generales eran malas, los cristianos tenían un mayor bienestar económico que los musulmanes", explica Eugenio Chahuán, director del Centro de Estudios Arabes de la Universidad de Chile. Se trataba de pequeños agricultores y artesanos que a través de las misiones de las potencias occidentales entraban en contacto con la idea de emigrar a América, y mejorar así su vida. La mayoría musulmana, sin acceso a una instrucción que escapara del estudio del corán, no contaba con la información para elaborar la idea de marcharse al nuevo continente. Esa es la razón de que la mayor parte de quienes llegaron a Chile fuesen cristianos ortodoxos.

El censo de 1853 marca la presencia de tres personas "del Medio Oriente" viviendo en nuestro territorio; en 1880 ya había tres hombres de los que se tenía certeza de que eran árabes, aunque no se sabe su identidad. Mientras tanto, al otro lado del mundo ya se rumoreaba sobre un trío de Jorges que habían hecho en Chile más fortuna de la que nunca hubiesen hecho cultivando olivos en Beit Yala o vendiendo adornos de conchaperla en Belén. Era el mito de Jorge Hirmas, Jorge Chahuán y Jorge Manzur. "Ellos tienen éxito comercial en Chile a fines del siglo XIX, vuelven a sus aldeas y propagan el rumor", acota Eugenio Chahuán. El sistema de propaganda es el mismo que Roberto Sarah retrató en su novela El Turco:

"Dime Hannah, ¿te marchas conmigo muy lejos?

- ¿Lejos? ¿Dónde?

- A América

- ¿América?

- Sí como el hijo de Yuma el pastelero. Ha escrito a su hermano y dice que ha hecho fortuna".

Esto explica que la gran mayoría no sólo fuesen paisanos de nacionalidad y religión, sino que proveniesen de las mismas aldeas y pueblos. Se trata de una migración en cadena. Llegan unos primeros adelantados, hombres jóvenes, que luego de establecerse mandan a buscar a sus novias o esposas, propagan el rumor y entusiasman al resto de la parentela.

Por barco o a lomo de mula desde Mendoza comenzaron a llegar cada vez en mayor número a Valparaíso o Santiago. La migración decrecería durante la Primera Guerra y volvería a cobrar fuerza después del conflicto.

"Turco muerto de hambre", fue el primer insulto que el Hannah Nabal - con el tiempo Juan Nabal- escucha tras desembarcar en Buenos Aires. En la novela de Roberto Sarah, los protagonistas se dan cuenta que el paraíso americano era bastante más agresivo de lo que pensaron. A piedrazo limpio los habitantes del barrio de La Boca los introducen en una realidad que los perseguiría hasta Valparaíso. Una historia de discriminación bastante más agresiva de lo que a la mayoría de los árabes les gusta recordar. Perros pulguientos de Turquía titulaba un diario refiriéndose a los nuevos compatriotas en abril de 1911. Y es que en Chile los preferían rubios. En lo posible alemanes o ingleses. Así lo hacían saber sin culpa en sus escritos Nicolás Palacios y Joaquín Edwards Bello. El primero los acusaba públicamente del delito de trata de blancas, mientras el segundo escribía en La Nación de 1935: "(...) entran miles de sirios, árabes, turcos y chinos, razas que se dedican al baratillo. Ninguno de ellos produce un poroto en Chile". Edwards Bello se lamentaba de que ya no llegaran más ingleses, por último italianos, para contrarrestar un hecho que lo espantaba: la población chilena estaba cada vez más morena. Ignoraba de paso algo que Andrés Sanfuentes destacaría más tarde: Se trataba del grupo de inmigrantes con menos posibilidades de prosperar, pero que en 20 años alcanzaron posiciones sobresalientes en el medio económico.

Mientras la elite intelectual divagaba sobre el inconveniente genético que significaban los palestinos, el pueblo gozaba riéndose de sus condiciones de vida. Myriam Olguín y Patricia Peña describen en La inmigración árabe en Chile (Ed. Instituto Chileno Árabe,1990) cómo familias completas se hacinaban en conventillo y cités, en los barrios más pobres de Santiago. A veces las mismas piezas o cuartos redondos servían a la vez de tiendas. Así lo describe Benedicto Chuaqui en sus Memorias de un emigrante (Ed. Zig-Zag, 1995). Chuaqui emigró de Siria y en un primer tiempo la pieza era a la vez su comercio. El mismo tipo de habitación que "olía a cenizas, a fritanga y a letrina", según el protagonista de El turco, de Roberto Sarah.

Aunque algunas familias llegaron a Chile después de formar su capital en otros países de Latinoamérica, instalándose en aventajadas condiciones, la mayoría comenzó de la nada. Esa mayoría se enfrentó a un entuerto difícil de salvar: ¿Cómo sobrevivir sin saber el idioma, sin conocer el medio, sin contar con el apoyo de las autoridades, ni el respeto de los residentes?. La respuesta estaba en un canasto de baratijas y un par de palabras aprendidas de memoria. Rápidamente se hizo popular el grito de cosa tenda (cosas de tienda), el "todo a cuarenta" (precursor del todo a mil), las jotas bien pronunciadas y las "p" transformadas en "bes".

Los palestinos recorrían los arrabales, calzando alpargatas, una camisa raída bajo "un gastado saco de vestir que habían comprado de segunda mano a un ropavejero", explican Myriam Olguín y Patricia Peña. El cinturón no lo aflojaban ni para cortarse el pelo. Todo era ahorro para lograr instalarse, asunto que no demoraba mucho en suceder. "Usted se habrá fijado en los turcos. Abren temprano. Cierran cuando no pasa un alma", explicaba un personaje de González Vera en Aprendiz de hombre.

Una vez instalados con una tienda, la estrategia era establecer una red de venta. Y qué mejor sucursal que el hermano, primo o tío de Belén que gustoso se radicaría en Linares que, mal que mal, era América y sonaba igual de lejos que Valparaíso o Patronato. "La dispersión de los palestinos en Chile tiene que ver con la función económica", explica Eugenio Chahuán. Mientras los alemanes se quedaron en el sur, los ingleses en el puerto y los croatas en Punta Arenas, los palestinos se esparcieron por el territorio por una necesidad comercial; "anda a cualquier pueblito y fijo que hay un turco que es el personaje local", desafía Chahuán.

Llegar y sacar

Las estrategias de sobrevivencia para los recién llegados palestinos no sólo incluía elementos económicos. También existían aspectos simbólicos que superar. Uno vital era el apellido y el nombre. En ambas instancias se dependía del buen oído de quien los inscribiera. En el caso de los nombres de pila, hubo castellanizaciones como la de los Al Farid, que mutaron en Alfredo; los Yamil, que se transformaron en Emilios, o los Abdala, que por analogía semántica se convirtieron en Teodoro (ambos significan "Señor de Dios"). Con los apellido hubo oficiales del resgistro civil que optaron por la asimilación fonética que tiene a muchos Tapias y Flores actuales ignorantes de su sangre árabe. El santo patrono ortodoxo es el responsable de la gran cantidad de Jorges entre los palestinos chilenos, y la traducción del apellido Bar es la razón para que el castizo Campos tenga una vertiente palestina en Chile.

Durante los primeros años la colonia optó por la endogamia. El ambiente era hostil, y las chilenas en edad de merecer que se mostraban dispuestas a frecuentar jóvenes palestinos afincados en los arrabales distaban lejos del ideal virtuoso de los jefes del clan. Esto cambiaría con la prosperidad económica de las familias y la integración social. Tanto es así, que en 1970 el 70 por ciento de los matrimonios eran con no-palestinos. Un proceso rápido que revela una integración vertiginosa. En la década del 40 se logran los primeros cargos políticos, y ya en los 60 el Yarur y Sumar pasan a ser símbolos de industria y grandes fortunas. Pero la discriminación continuaba, sobre todo en la elite. Esta situación dio pie para que en 1989 Walter Garib publicara El viajero de la alfombra mágica, novela que tiene como tema el drama de una familia árabe que en su tercera generación trata de "blanquearse" forzando a que las palestinas raíces del árbol genealógico se enterraran en Italia y no en Belén. Todo sea por entrar en
sociedad.

Garib recuerda el comentado episodio de una fiesta de quince años que terminó en drama. Dos jóvenes palestinas convidaron a un conspicuo grupo de jóvenes bien a su debut en sociedad. La idea original era por fin ser aceptados en la alta burguesía, codeándose con apellidos vinosos en los lujosos salones de la fortuna fraguada a través del comercio. Pero el objetivo se frustró. Los invitados casi destrozaron la mansión de sus anfitriones, "como una cruel manera de decirles que seguían siendo sólo turcos, con mucho dinero, pero turcos", concluye Garib. Cosas de una dulce patria que, aunque hasta el día de hoy les cierre las puertas de un par de clubes, pocos quieren abandonar. De hecho, cada año llegan nuevos inmigrantes. Unos cuantos prejuicios no son nada frente al permanente estado de guerra en Medio Oriente.

"Mis consuegros se fueron a Beit-Sahur el 94. Ella había nacido allá y quería volver.

Actualmente, apenas pueden salir de su casa. Se lo pasan en un subterráneo. Yo les digo que se vengan, que éste es su país", reflexiona Walter Garib.

Cifras y Datos

Haciendo patria

El gran flujo migratorio árabe parte en 1860 y se extiende hasta 1900. Se calcula que los árabes que vinieron a América alcanzaron el millón de personas

Hasta 1918 los palestinos migraron con pasaporte turco. Los puertos de salida eran Beirut, Haifa y Alejandría; y el trayecto se hacía vía Génova y Marsella.

Hasta fines del siglo XIX, la población de Palestina bordeaba los 600 mil habitantes. En aquel entonces el número de judíos era de 35 mil. En 1931 había 1 millón de habitantes: 73 por ciento de musulmanes, 17 por ciento de judíos y 9 por ciento de cristianos.

Las grandes concentraciones de emigrantes sirios, palestinos, libaneses y sus descendientes están en Brasil y Argentina. Se estima que en América Latina sumarían 25 millones.

En 1940 la Guía Árabe de Chile estimaba en 3.466 el número de árabes en Chile.

El 81% de los árabes llegados a nuestro país lo hizo entre 1900 y 1930. Más del 60% de árabes que llegaban tenían entre 10 y 30 años.

En 1912 aparece Al Muerched, el primer periódico chileno escrito en árabe. Se calcula que existieron como mínimo 12 publicaciones del tipo durante los 40 años de inmigración.

 

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