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REVISTA NÚMERO 10

SERGIO DE LOS REYES:
“JUAN GÓMEZ MILLAS ERA JOVIAL Y DE RISA FÁCIL”

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Alumno y muy cercano de quien fuera decano del ex Instituto Pedagógico, rector de la Universidad de Chile y ministro de Educación, el profesor De los Reyes -académico del Departamento de Formación Docente de la UMCE- relata anécdotas reveladoras del carácter de Gómez Millas y, también, cómo era el ambiente estudiantil en los años 40.
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Llegó desde Curicó con 19 años a cuestas a estudiar Pedagogía en Historia al el Instituto Pedagógico en 1944. Éste estaba dividido en dos sedes, una en Alameda con Cumming y la otra, en la calle República. Ahí funcionaban Historia, Alemán e Inglés. Las separaban cinco cuadras que Sergio de los Reyes Ibarra debía caminar para asistir a los ramos generales.

-¿Cómo era el ambiente cultural de la época?
-Excelente. La estructura de Santiago facilitaba que pudiéramos acceder al mundo de la cultura, ya que todo estaba cerca. Íbamos a muchos espectáculos en el Teatro Municipal: ballets, conciertos, y a grandes eventos musicales en el Teatro Caupolicán. También, asistíamos a conferencias y a sesiones del Congreso. Era un orgullo tomar once en alguna de las Cámaras invitados por algún parlamentario de la época. Los jóvenes teníamos una estrecha vinculación con la política, al contrario de lo que ocurre hoy, en que los alumnos no están ni ahí. Mi generación era altamente politizada.
En los partidos políticos había espacio para los jóvenes. Existía una juventud conservadora, una liberal, una radical y una socialista. El único partido que tenía un departamento femenino era el Conservador, e incluso una regidora en la Municipalidad de Santiago, que era emblemática, porque en aquella época la mujer sólo votaba en las elecciones municipales.

-¿Era armoniosa la convivencia armoniosa entre estos grupos?
- No siempre, a veces teníamos enfrentamientos verbales, pero nunca físicos.

-¿Usted estaba involucrado en política?
-Mucho. Yo pertenecía al Partido Conservador. Como todos sus militantes, me enorgullecía de que mi partido llevase cien años al servicio de la República. Admiraba a Prieto, Montt, Bulnes y a un senador de aquellos tiempos dedicado a la educación: Maximiano Errázuriz Valdés.

PUGNA DE PESOS PESADOS

“Mi curso estaba compuesto por 55 alumnos, 11 hombres y 44 damiselas. Al segundo año, seguíamos siendo los 11 hombres y las mujeres habían bajado a una treintena, y así sucesivamente, hasta que llegamos al último año los mismos varones y sólo 11 damiselas. Las mujeres se casaban y automáticamente dejaban de estudiar. También había otra razón para tan alta deserción: mucha gente de las clases pudientes iba al Pedagógico, no porque pensarán más tarde ejercer, sino que estudiaban para tener ramos de cultura general. En ese un momento no había otra casa de estudios que proporcionara esta formación. La Universidad Católica había abierto las pedagogías, pero sólo para los religiosos”.

-¿Recuerda algún profesor en particular?
-Guillermo Feliú Cruz hacía unas clases muy entretenidas. Muchas veces llegaba un poco achispado, pero nunca tanto como para borrársele la película. Más bien se le agudizaba el ingenio. Otro profesor, Ricardo Donoso, fue candidato a director de la Biblioteca Nacional, pero Arturo Alessandri Palma se interpuso y nombraron a un miembro del equipo del ex presidente y eso dejó muy herido a don Ricardo Donoso. Publicó un libro que se llama Arturo Alessandri: Demagogo y Demoledor. En él desdibujaba la imagen política de Alessandri, que era un senador de primera línea. Nosotros, alumnos de Ricardo Donoso, íbamos a unos cursos que dictaba en la Escuela de Artes y Oficios –antecesora de la Universidad de Santiago-, por supuesto, sin que nuestro profesor supiera. Donoso contaba su versión de la historia de Chile de comienzos del siglo XX hasta la época que vivíamos, desde luego distinta a la de Alessandri. Era una pugna muy fuerte.

-¿Cuál era la versión de Ricardo Donoso?
- Que la imagen que quería proyectar Alessandri como pacifista -decía que sólo el amor era fecundo y que la violencia engendraba odio- era falsa. Afirmaba que el ex Presidente era un hombre violento y apasionado y sacaba actuaciones de él en el norte. También lo culpaba de la matanza de jóvenes nacistas en el Seguro Obrero de 1938. Arturo Alessandri negaba haber dado la orden de dispararles, afirmaba que la decisión la tomó el general Arriagada. Decía que siempre fue constitucionalista, mantenido dentro del respeto a los derechos humanos. En esta época conocí a Juan Gómez Millas.

-Cuénteme cómo fue la primera clase con Juan Gómez Millas
-Estábamos los 11 varones y las 44 damiselas esperando expectantes nuestra primera clase. Se abre la puerta y aparece un profesor de cuello y corbata. Para mí fue toda una novedad, porque sólo había tenido profesores de sotana. Este señor, con una mirada aguda, nos pregunta: ¿quién sabe inglés, francés o alemán? Alfredo Hermensen, un alemán por los dos lados, y que más encima había estudiado en Alemania, fue el único que levantó la mano. Gómez Millas nos dijo: ustedes deben saber alguno de estos tres idiomas si quieren ser profesionales, porque en el mundo que se van a desenvolver, lo van a necesitar.
Mucho de lo que leerían estaba en francés o inglés. El profesor Juan Gómez Millas enseñaba Historia Universal. El primer año, Prehistoria; en segundo, la Edad Media y, en tercero, la Ilustración. Los periodos intermedios los estudiaban por su cuenta. “Él era un poco distante con nosotros, no había esa relación fluida como se da hoy con los alumnos. Nos ubicaba por la lista de asistencia y porque de repente uno que otro se atrevía a intervenir.
“Claramente favorecía a los varones y era muy duro con las mujeres, porque estimaba que no era positivo que hubiera muchas mujeres profesoras. A nosotros nos pavimentaban el camino. Por ejemplo, nos daban becas. Yo, como muchos de mis compañeros, venía de provincia. A todos nos daban una beca, que era bastante buena y que nos permitía movilizarnos, pagar la pensión, vestirnos, comprar libros y hasta pololear, como se hacía entonces: paseos con las damiselas por la Alameda, el parque Forestal o la plaza Brasil. También, idas al cine o a malones, que eran fiestas bailables”.

-Su relación con el profesor Gómez Millas se fue profundizando con el tiempo…
-Lo fui conociendo mejor, porque fui dirigente estudiantil. Primero fui delegado de curso, luego representante del Pedagógico en la Fech, después presidente de los estudiantes católicos de Pedagogía. En cuarto año, delegado de la Fech al Consejo Universitario. Era la primera vez que la Fech nombraba consejeros para este estamento, que era presidido por el rector de la Universidad, Juvenal Hernández. Asistía a todas las reuniones del consejo y también Juan Gómez Millas como decano. A raíz de aquello, comenzamos a tener un contacto más directo. Por otra parte, con mis compañeros lo invitábamos a todas nuestras excursiones. Recuerdo haber ido con él en la micro del Pedagógico a Santo Domingo, Algarrobo y Apoquindo.

-¿Y cómo era él fuera de las aulas?
-Era un hombre muy agradable, las alumnas estaban enamoradas de él, recordemos que en ese momento tenía 44 años. Tenía su encanto, no tanto a primera vista, ya que era bajo, subido de hombros, la cabeza media metida en el cuello y muy fumador. En realidad, si uno lo miraba detenidamente, no tenía nada especial, pero era de una comunicación fácil y expedita y eso le hacía tener buena llegada con las damas, como pude apreciar.

“¿POR QUÉ NO INVITAN A ALBERTO HURTADO?”

Entre los alumnos del Pedagógico, había dos posturas con respecto a la educación: unos estaban por la católica y otros, por la laica. “Nosotros éramos mayoritariamente católicos, pero había un fuerte sector ideológico de izquierda, de radicales a comunistas y un pequeño grupo de trotskistas, bien pintoresco. Ellos eran anticlericales y curiosos. Había fuertes discusiones al respecto. En un momento dijimos: organicemos un foro para presentar las dos posiciones”.

-¿Y a quienes convocaron?
-Había un excelente profesor de Filosofía de la Educación en el Pedagógico que era Moisés Mussa. Le pedimos que él expusiera el pensamiento laico, tengo entendido que era masón y radical. Para defender la postura de la Iglesia pensamos en Monseñor Óscar Larson. Este sacerdote asesoraba la ANEC (Asociación Nacional de Estudiantes Católicos), en la que había estudiantes de todas las universidades. En ella estuvieron Eduardo Frei, Bernardo Leyton, Manuel Garretón y parte de la vieja guardia de la DC.

Sergio de los ReyesSergio de los Reyes va donde Gómez Millas y le dice: “don Juan, tenemos proyectado una mesa redonda con este tema y pensamos invitar al profesor Mussa y a Mons. Larson”. Le mira fijo y le contesta: “le tengo mucho respeto a Óscar Larson, un hombre intelectualmente muy valioso, pero es fundamentalista en sus apreciaciones y creo que va a conseguir efectos distintos de los que ustedes buscan. ¿Por qué no invitan a un sacerdote más carismático, como Alberto Hurtado?
“A mí me pareció bien. Tomó el teléfono y lo llamó al Colegio San Ignacio. Le dice: mira, Alberto, aquí hay unos jóvenes del Pedagógico que quieren hablar contigo, quieren contarte un problema, juntarse contigo. Asunto arreglado. Gómez Millas y el padre Hurtado habían sido compañeros de curso en el San Ignacio, por ello eran muy amigos. El debate fue de gran altura, los alumnos escucharon respetuosamente a Mussa, y a Alberto Hurtado y se hicieron las preguntas pertinentes. No hubo manifestaciones en pro ni en contra”.




-¿Cómo era el padre Hurtado?
-A partir de entonces tuve bastante contacto con él, hasta mi partida a España. Él era agradable, humano, abierto, acogedor y benevolente. Uno podía contarle el hecho más trivial y lo entendía. Pero nunca le vi un aura de santidad. Intelectualmente fue valioso para la educación chilena.

-¿Por qué?
- Yo era alumno de Irma Salas, quien fue discípula de John Dewey, el gran educador del siglo XX. Ella había hecho su doctorado en Estados Unidos con él, igual que su padre, don Darío, y nos hizo conocer sus postulados en clases. Al mundo católico no le gustaban mucho las ideas de John Dewey, ya que él se había adscrito al pragmatismo filosófico y se profundizaba poco en su aporte a la educación. El padre Hurtado se había doctorado en Educación en Lovaina, y su tesis fue justamente sobre la pedagogía de Dewey. Fue el primero que encontró que las ideas pedagógicas del norteamericano eran conciliables con el catolicismo. En aquel momento yo andaba muy comprometido con la cuestión social, a raíz de la encíclica Rerum Novarum. En el Pedagógico cuestionábamos un poco el tradicionalismo del Partido Conservador y de la Iglesia, por lo tanto, el pensamiento del padre Hurtado calzaba mucho mejor con nuestra postura.

NUNCA SE DIO AIRES

Después de titularse, De los Reyes partió a España a hacer un doctorado en Filosofía con mención en Historia de la Educación en la Universidad Complutense de Madrid. En 1948, España estaba aislada, porque Franco estaba muy cerca de Hitler y Mussolini. Las Naciones Unidas la habían bloqueado, muchos países retiraron sus embajadores de Madrid. España inició un acercamiento con los países iberoamericanos y vino Joaquín Luis Jiménez, presidente del Instituto Cultura Hispánica a ofrecer becas a jóvenes que se esperaba, fueran futuros líderes en sus respectivos países. El personero invitó a tres Sergios: Sergio Diez, de la Católica; Sergio Miranda Carrington, de la Chile, y a De los Reyes. Finalmente sólo fue él. Ahí se quedó tres años.
Llevaba un año haciendo su doctorado, cuando llegó Juan Goméz Millas, invitado por el Instituto de Cultura Hispánica. “Naturalmente lo invité a la residencia donde alojábamos. Allá dio charlas y cursos. Aproveché de pasearlo, fui como su edecán”.

- ¿Cómo era él?
-Corriente, jovial, de risa fácil, uno podía invitarlo a una tasca a servirse unos chatos (vino servido en pequeños vasos) o podía llevarlo a cualquier espectáculo. Nunca se dio aires, a pesar de que en ese momento ya era decano de Filosofía y Letras de la Universidad de Chile.

-Juan Gómez Millas hizo el cambio de sede, desde el centro hasta este recinto.
-Eso se produjo en 1950, principalmente por problemas de espacio. Gómez Millas, que era un amante de la naturaleza, vivía en Ñuñoa y andaba en bicicleta los fines de semana, en uno de sus paseos descubrió este lugar y trajo todo para acá.

Cuando el profesor De los Reyes volvió, en 1951, no pudo ejercer, ya que el historiador Eugenio Pereira Salas “nunca me dio cabida, él era el dueño de la cátedra de Historia de América”.
En vista de aquello, por encargo de don Juan, buscó el mobiliario para alhajar los dormitorios de los alumnos que venían de provincia, en el lugar que hoy ocupan los departamentos de Filosofía, Castellano, Formación Pedagógica y Educación Preescolar. Gómez Millas quería hacer algo parecido a lo que había visto en España.
“Estuve un año en eso, hasta que gané un concurso en el Liceo Manuel de Salas y me quedé como profesor. Más tarde Juan Gómez Millas fue por ocho años rector de la Universidad de Chile. Cuando Eduardo Frei Montalva fue elegido Presidente de Chile, en 1964, el candidato para el ministerio de Educación de la Democracia Cristiana era Ricardo Krebs. Se le quiso ubicar, pero estaba fuera del país. Entonces Frei preguntó quien era el mejor profesor del momento y sus consejeros coincidieron en un nombre, que no era DC: Juan Gómez Millas. En 1966 dejó ese cargo y se dedicó a dar conferencias”.

P.M.A.