Yo le debo la vida a un
masón. Y se la debo dos veces.
A los catorce años una afección pulmonar me tuvo prácticamente
desahuciado. Yo no lo sabía y nadie se atrevía a decírmelo.
Por fin alguien se atrevió: un médico alto, corpulento, muy
erguido. Sólo se agachaba para ver, oír, servir, salvar mejor a
sus enfermos. Con franqueza me advirtió: "Joven, lo que
usted tiene es muy grave. No le puedo asegurar que le salvaremos
la vida. Pero si a usted le interesa, ayúdenos y coopere".
Hay franquezas que hacen bien, y ésta fue una de ellas. Me
aferré con todas mis fuerzas a la vida, y me sometí sin chistar
a todas las prescripciones. En ese tiempo acababa de descubrirse
la estreptomicina: prácticamente la experimentaron conmigo. Me
clavaban cuatro y hasta seis veces por día: el brazo, el
antebrazo, el muslo, el nido del tordo . . . Me sobrealimentaron
hasta sentir náusea. Me incomunicaron y redujeron a la total
inacción, física y mental. Todo eso era necesario para salvarme
la vida.
Y mientras tanto ese médico, alto, corpulento y erguido,
vigilaba minuciosamente el curso del tratamiento. Duró más de
ocho meses. El venía a cualquier hora, postergando su sueño, su
descanso, su vida familiar, sus vacaciones. Siempre franco, pero
al mismo tiempo alentador. Incorruptiblemente fiel a su ética
profesional y a su devoción -porque eso era- a los enfermos. Y
fue así como al año siguiente él podía darse la satisfacción
de entregarme de nuevo a mis padres y devolverme a mi vida normal
de colegio, perfectamente sano de cuerpo y de espíritu, nacido y
hecho de nuevo. Era fundamentalmente su obra.
Su ejemplo me dejó marcado. Cuando llegó la hora de elegir
carrera, yo sólo quería ser como él: inclinarme ante el
doliente para servir y salvar. Claro que yo aspiraba a todavía
más: a sanar al hombre entero, cuerpo y alma, y devolverlo a una
vida que no termina nunca, ni siquiera con la muerte. Quise ser
sacerdote.
La gran duda era si mi antigua afección pulmonar podía
desaconsejar o impedir esa vocación.
Sólo una persona podía despejar la incógnita: el doctor
corpulento y erguido. El que me había salvado la vida. Acepté
de mala gana recurrir a él. Yo sabía que era masón y calculé
que su diagnóstico recomendaría no arriesgar mi salud en una
vida austera y rigurosa como la sacerdotal.
Recuerdo bien el momento en que me examinó. Yo estaba tenso,
temeroso. De su laudo arbitral dependía mi vocación, que era el
sueño y razón de mi vida. Se dirigió a mi madre y le dijo:
"Señora su hijo está perfectamente sano y apto para la
vida que él pretende. Mentiría si le dijera lo contrario. Y
permítanme decirle algo más: yo soy ateo, no creo en Dios, pero
sí creo que cada hombre debe seguir su conciencia. No le ponga
obstáculos a la vocación de su hijo".
Un testimonio insospechable, irredargüible. Resultó decisivo
para que, finalmente, mi familia cediera y me dejara, con no
pequeño y comprensible dolor, seguir a Cristo con corazón
indiviso.
Por eso afirmo, con toda propiedad: a ese médico masón yo le
debo la vida. Y se la debo dos veces.
Nunca más volvimos encontrarnos.
El fue llamado a ocupar cargos a su altura, donde pudiera seguir
inclinándose para servir y salvar, no ya a un enfermo en
particular, sino a la sociedad entera. Lo hicieron Ministro de
Estado. Y cuando la Orden masónica necesitó renovar sus cuadros
directivos, no encontró a nadie que encarnara tan puramente como
él sus postulados de respeto al templo del hombre y a la
libertad de su espíritu. Lo nombraron Gran Maestro.
Yo, mientras tanto, cumplí mi sueño de ser sacerdote. Y muchas
veces sentí que él y yo, militando en instituciones, en grupos
humanos secularmente distanciados y contrapuestos, buscábamos,
sin embargo, lo mismo: construir templos. El construía el templo
del hombre; y sobre ese templo humano yo construía el templo, la
casa de Dios.
Hace casi exactamente once años él murió. Se presentó ante el
juicio de Dios. Fue llamado por su nombre: Sótero. Y
probablemente escuchó estas palabras de labios de Cristo:
"Sótero, amigo, hermano mío: ¡cuántas veces yo estuve
enfermo y tú me viniste ver y te inclinaste ante mí para
servirme y salvarme! Bien venido seas, por eso, a la casa de mi
Padre: entra y toma posesión de tu herencia". Y él,
sumamente sorprendido, habrá objetado: "Pero, ¡cuándo,
Señor, si a ti nunca te he visto, y lo que es más, yo nunca
creí en ti!". Y Jesús: "Cada vez que lo hiciste con
uno de estos enfermitos, mis hermanos más pequeños; cada vez
que aplicaste tu ciencia y tu tiempo y tu constancia a servir y a
salvar a los que sufrían, era a mi a quien servías, sin
saberlo".
Grande y general debe haber sido el regocijo. Quizás el único
preocupado haya sido San Pedro: ahora, con un médico de esos
quilates, su suegra estaría excelentemente atendida . . .
Pero parece haber otros, aquí en la tierra, en serio preocupados
por este encuentro amistoso y fraterno entre los dos Salvadores:
Sótero (que significa literalmente Salvador), y Cristo, único
capaz de salvar del pecado y de la muerte. Preocupados, digo,
porque a ellos no parece interesarles que los distanciados se
encuentren, los prejuiciados se entiendan, los intolerantes se
acepten, los adversarios se reconcilien. Para ellos la historia
transcurre en vano y pareciera que el odio debe eternizarse.
Alguien no sé quien, no entiendo para qué, trabaja activamente
para que masones y católicos reanuden estériles querellas.
Por respeto a la memoria venerada de don Sótero del Río
Gundián, ex Gran Maestro de la Orden Masónica, y a Juan Pablo
II, Maestro y Pastor Supremo de la Iglesia Católica, terminemos
de raíz con esa necedad y dediquémonos a lo que se espera de
nosotros: construir el templo del hombre, templo de Dios.
Del libro ¡Buenos días país!
Del Sacerdote Católico Romano PRESBÍTERO RAUL HASBUN ZAROR.
Editorial Andrés Bello
Mayo 1983
Publicado originalmente en el Diario La Tercera el 24 de Abril de
1980
NOTA: El V.·. H.·. Sótero del Río Gundián, fue el 26º Gran
Maestro de la Gran Log.·. de Chile los años 1968 - 1969, pasando
a Dec.·. el Ori.·. Ete.·. el 10 de Mayo de 1969 e.·. v.·.
Foto de una plaza en Nueva York.